Alicia bajó la cuesta un tanto
acalorada, el bochorno de primeros de junio había caído ese día como un yunque
sobre su cabeza al salir del trabajo. Su paso era tranquilo, pausado, se paró
frente a alguna portada que le llamó la atención, apenas preguntó algún dato a
los libreros. No se entretuvo demasiado, iba mirando hacia arriba, contando
números, rojo, blanco, rojo, rojo, verde, 123, 124, 125; estaría en la fila de la
izquierda. Se apartó al carril central previniendo un más que probable arrebato
de última hora, pasando de largo la caseta.
Tras unos segundos paralizada frente
a la oscura figura que aventuró era Marcos, éste levantó la vista. Alicia tenía
ambas manos ocupadas, había olvidado el helado que acababa de comprar (¿cuándo?,
¿dónde?), y se vio haciendo unos absurdos aspavientos con una tarrina llena de
churretes de caramelo en una mano, y una cucharita pegajosa en la otra: un
saludo cremoso. La fila de botones de la camisa negra que tenía delante se
empezó a hacer cada vez más grande, se dio cuenta de que también tenía que
inclinarse por la cortesía de los dos besos. Hablaron del gris plomizo de
Madrid en el mes más inestable del año, de los encuentros desvirtuados de
mundos desvirtuales, de las visitas,
de las ‘enhorabuenas’, de lo raros que eran los días de entre semana antes del
verano; compró un par de libros (el suyo ya lo había leído), pagó con tarjeta,
y se marchó.
Unos vasos de plástico de colores
volcados como cubiletes de dados apostando al número más alto —pero sin fuerza,
y sin tapete verde— esquivando las ruedas de patinadores. Un rostro de espanto,
un ala desproporcionada, una serpiente a los pies, la estatua del Ángel Caído.
Al año siguiente, ya sin helado en
las manos, le invitó a un vasito de vino —literalmente, 'vasito’— para celebrar
algo, no recuerda, no sabía, algo parecido al encuentro con los lectores. Algo
de ese mundo que no era el suyo. Aceptó la invitación. Su garganta se volvió
granate y picaba, sus labios se pintaron de burdeos, se mordió la carne. Apenas
hablaron, siempre iba sola. Recurrió a él para que de nuevo le encontrara una
papelera. Dos años, dos citas, y lo máximo que había hecho fue pedirle que
tirara sus desperdicios, tarrinas y vasos de plástico. La suciedad portátil de
los parques.
Junio acechó de nuevo, 12 giros
de calendario, y Alicia se entusiasmó de una manera casi pueril con su cita
anual. Sabía que todos los trazos que siempre había dibujado los tenía él, también
los impares, los angulosos, las esquinas, los imperfectos, y los desatinados.
El resto solo habían sido bocetos.
Demasiada gente. Risas, entre las que
no estaba la suya; fotografías, que no se hizo con ella, saludos, que no incluyó
a ambos. Una multitud de cabezas. Alicia continuó caminando a ritmo, sin
pararse, agachó la cabeza; saludó a su ángel de yeso, y volvió a casa.
365 días más, Alicia se acuerda de la Feria entre
arrozales y perros mimosos filipinos a sus pies, se acuerda de que tenía una
cita anual a la que está faltando, se acuerda de un libro de poemas de Kapuściński. Vuelve a cumplir años, y vuelve a
cumplirse un año. Alicia no está.
4 estaciones, la nueva edición se llena de
tardes soleadas, menos tormentosas, faltan cielos plomizos y mangas largas, y
el azul inunda el espacio. Palabras que salen por un megáfono anunciando
firmas, actividades, un tipo trajeado tocando el violín, un tango. Por fin, la
caseta. Una mujer, un hombre. ¿Y Marcos?, ¿no es el día?, ¿no ha acudido a la
cita?
Desarrugándose la camisa con las
manos, y limpiándose la boca de migas de algo que acababa de comprar, no
recuerda qué (¿cuándo?, ¿dónde?), pregunta a la mujer:
—Perdona, ¿Marcos?, ¿no
está hoy?, ¿no viene este año?—, escondiendo en su puño un envoltorio de
plástico pringoso.
—¿Marcos?, ¿qué Marcos?
—Sí, Marcos, el chaval de la camisa
negra; un chico rubio, alto, ojos azules. Bueno, Marcos. Marcos, el escritor.
—¿Qué escritor? No sé a quién te
refieres.
—¡Pero si está todos los años firmando!
¿Es aquí?, ¿me he equivocado de caseta?, contestó Alicia con el pulso ya acelerado y dando un paso atrás alzando la vista, —Sí, sí, es aquí, la caseta 131—, musitó.
—Hum, Marcos. Sí, es esta, 131, pero aquí
no hay ningún Marcos —dijo la librera quedándose pensativa—, nunca lo ha habido, creo que estás confundida— sentenció retirándose el flequillo de la frente dando carpetazo a la situación.
Alicia frenó de golpe sus latidos de
una forma consciente, ordenando a todas sus células que esperaran un momento,
que le dieran un segundo, que dejaran de trabajar un instante, que quedaba una
página sin pasar.
—Estaré confundida, perdona por
molestar. Gracias.
—No es molestia. De nada.
—Adiós.
—Buen día, adiós.
Escuchó el sonido de agua de grifo cada
vez más cerca, el chirriar de metales de un desafortunado derrape a su espalda.
Niños gritando, una radio con música hip-hop en castellano, las ruedas de un
carrito de bebé, el megáfono gritando citas, y citas, y más citas imperdibles
con sus escritores favoritos: “Hagan cola, amigos, no se lo pierdan”. Aceleró
el paso, se puso los auriculares en modo silencio, solo para mitigar el ruido.
Caminó a tientas entre apuestas, globos de helio, rosas brillantes, amarillos que chillaban;
mareada, borracha de estímulos, y calor, se sentó al borde de la fuente, 666 de altitud.
Chist, chist.
Alicia miró hacia arriba, olvidó sus
gafas de sol, solo veía rayos de luz quemando el granito abstracto y desdibujado, sombras. El agujero en la cara del ángel se cerró inclinando su cabeza, pequeñas astillas grises salpicaron en lo que sería el cuello,
y sonrió mirándola fijamente. Alicia vislumbró, por el rabillo del ojo, una masa escamosa y resbaladiza estrangulando un poco más las
caderas y las piernas de la figura. Un cascabeleo punzante cruzó su cráneo
desde el orificio de uno de sus oídos hasta el otro; un rayo atravesó su viscoso
cerebro a punto de estallar. Un guiño de piedra. El saludo del ángel.
Angels.
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