Madrid
me chifla. Me chifla y me rechifla. Madrid me vacila, se burla de mí, me enreda en sus
nudos de goyesca, me ahoga entre sus pancartas de mareas mensuales multicolor;
Madrid me golpea la espalda, y de rodillas, me hace vomitar. Madrid juega
conmigo, trampea, y no da tregua; sigue su rumbo, directa al pasado, y al
futuro; se hace un ovillo que me engulle; avanza sin moverse, y no espera, no
me espera.
Madrid
me come a dentelladas de chulería y desasosiego, de soledad abarrotada. Me ama
y me desahucia, me acoge y me destruye; me convierte en bipolar. Me llena de
armonía, de arena, de humedad de estanques, de parques, de templos urbanos.
El
sitio de mi recreo, la capital del absurdo, el drama de los odiados, el
apartheid de los extrarradios. Y yo la quiero, a ella, porque me parió escupiéndome
como a un pez sobre un arcoíris metálico de gasolina en un oscuro charco; y me
pateó el culo, lanzándome hacia el asfalto humeante, entre bodegas y
jeringuillas, entre vermús y zarajos, entre cariño cómplice de gente sin pan,
insuflándome en los pulmones su sucio aire de ciudad. Y me hizo inmune, inmune
a la basura, a la basura orgánica e inorgánica, a la basura humana de mi
sangre, de sangres contaminadas. Pero también me hizo sensible, sensible a los atisbos de
oportunidad, a los pensamientos del extraño en el metro, a las caras
largas temerosas bajo máscaras de frialdad, a las sonrisas esperanzadas, al ‘un
día más’, a sacar fuerzas de la sombra de un palacio, de una estatua, de un
arco, de una plaza, de un músico del sur, de un escritor del norte; de una gente, de mi gente, que es toda, los de aquí y los
de allí. Sensible a los amores traviesos de Desengaño, a los patinazos en la Luna, a la
carrera hasta la Gran Vía, a las puertas ocultas a las tres de la madrugada; sensible a mi Madrid, a mi
ciudad, a esa lucha de gigantes.