viernes, 15 de mayo de 2015

Madrid me chifla


Madrid me chifla. Me chifla y me rechifla. Madrid me vacila, se burla de mí, me enreda en sus nudos de goyesca, me ahoga entre sus pancartas de mareas mensuales multicolor; Madrid me golpea la espalda, y de rodillas, me hace vomitar. Madrid juega conmigo, trampea, y no da tregua; sigue su rumbo, directa al pasado, y al futuro; se hace un ovillo que me engulle; avanza sin moverse, y no espera, no me espera.
Madrid me come a dentelladas de chulería y desasosiego, de soledad abarrotada. Me ama y me desahucia, me acoge y me destruye; me convierte en bipolar. Me llena de armonía, de arena, de humedad de estanques, de parques, de templos urbanos.
El sitio de mi recreo, la capital del absurdo, el drama de los odiados, el apartheid de los extrarradios. Y yo la quiero, a ella, porque me parió escupiéndome como a un pez sobre un arcoíris metálico de gasolina en un oscuro charco; y me pateó el culo, lanzándome hacia el asfalto humeante, entre bodegas y jeringuillas, entre vermús y zarajos, entre cariño cómplice de gente sin pan, insuflándome en los pulmones su sucio aire de ciudad. Y me hizo inmune, inmune a la basura, a la basura orgánica e inorgánica, a la basura humana de mi sangre, de sangres contaminadas. Pero también me hizo sensible, sensible a los atisbos de oportunidad, a los pensamientos del extraño en el metro, a las caras largas temerosas bajo máscaras de frialdad, a las sonrisas esperanzadas, al ‘un día más’, a sacar fuerzas de la sombra de un palacio, de una estatua, de un arco, de una plaza, de un músico del sur, de un escritor del norte; de una gente, de mi gente, que es toda, los de aquí y los de allí. Sensible a los amores traviesos de Desengaño, a los patinazos en la Luna, a la carrera hasta la Gran Vía, a las puertas ocultas a las tres de la madrugada; sensible a mi Madrid, a mi ciudad, a esa lucha de gigantes.