El 2 de octubre de 2015, el octavo
milisegundo se rebeló, secuestró sus neuronas, y las condenó a un eterno
estado polarizado. Un carnaval de tristeza desfiló por las vías. No hubo cargas
ni descargas. Faltó el sodio y el potasio, el enganche, el arraigo, el negativo
perfecto. La reacción en cadena se enredó, cayó un libro, su cuerpo basculó, se
tropezó con sus ganas, y con la ausencia de hebillas, y de tacón.
Quiso ser turritopsis nutricula,
la medusa inmortal, volver
a convertirse en pólipo, limpio, sano, vacío; limpia, sana, vacía.
“Por arrollamiento de una persona, el tren sufre
retrasos. Disculpen las molestias”.
El tren sufre.
La molestia sufre, arrollada.
Disculpen a la persona.
El granate alúmina, su color favorito, se
enfureció, rompiendo todos los silencios.
Iones de luz, hiperpolarización. Masticó
relámpagos.
Rayos que partieron sus auriculares en pares; sonido quebrantado en impares, sus números favoritos, oblicuos, torcidos.
Explotaron las nubladas rejillas, gris
cortado.
Rostros atragantados con el ácido bórico de sus
protectores de pantalla de última generación, templando sus cristales, sus huesos insoldables, palpando
mierdas. Babas corrosivas, vista cansada, muerta.
Un folio se plegó, taladrando túneles de
gusano, infinitos anillos instantáneos, clones de tiempo aespaciales.
Despolarización. Sin potencia, ni acto,
ni acción.
Nunca fue.
Se sintió un llanto, pre-imaginario, sin potencia, ni acto, ni acción.
Apuntó al dominio equivocado.
Nadie lo oyó.
