sábado, 1 de octubre de 2016

Cristales

Aún sin saber si conseguiría su objetivo, Alicia saltó de su nube. Sin pensarlo, porque no tenía con qué, se lanzó al vacío, y no estuvo mal. Su cuerpo comenzó a recomponerse, iba a ser el único día del año en el que caería nieve en Madrid, su único día de vida, de esa vida.

Los minúsculos cristales empezaron a unirse, un nuevo brazo por allí, una pierna por allá. Hasta entonces, nunca le había tocado convertirse en existencia voladora, había reptado, trepado, incluso se había transportado dando saltitos, cuando no tuvo más remedio que convertirse en sapo cubierto de repugnantes protuberancias. Según le había dicho el descafeinado funcionario del SETE (Servicio Estatal de Transmutación de Espectros), los adorables gatos persas que tanto le gustaban a Mateo estaban ya asignados, también las hebras de tabaco de liar, las rejillas de los micrófonos, y las bocas de botella de cervezas madrileñas, todo lo que pudiera acercarla de nuevo a sus labios. Esa vez sólo le quedó convertirse en cristales, cristales de agua, en un copo de nieve etéreo, ligero, y breve, que apenas le rozara, que le diera algo de calor, y de mimos, aunque con ello la derritiera, y con ello, la matara, otra vez.

La espera hasta poder nacer de nuevo cubierta de sangre y babas se hacía larga, y aunque la paciencia nunca había sido una de sus virtudes, a veces, esperar, era divertido. Se sentía como esos paracaidistas formando figuras geométricas en el aire, solo que su nuevo traje era un collage de piezas simbólicas de un cuerpo descuartizado que tardaría cientos de vidas, quizá miles, en volver a hacerse humano.
En ese estado sin estado, de continua transformación, el tiempo tenía sus propios tiempos, y cada losa, a sus ojos, y su velocidad, cambiaba de tamaño, de intensidad, de color, de presión. Caían a plomo en instantes superfluos, y los grandes momentos sufrían de enanismo prematuro, dejando tan sólo una capa ridícula de polvo en suspensión en lo que alguna vez fue su cabeza, ridícula también, que con el siguiente soplo de aire, desaparecería sin rastro, ni secuelas, sin cicatrices; unas motitas imperceptibles que apenas durarían un instante.

La gravedad no era un problema, no había fuerza alguna que la arrastrara, que tirara de ella, todo era una balsa multidimensional, sin olas, ni grumos, tranquila, un puré suave, espeso, vulnerable al peso de los cuerpos, a las formas humanas, y artificiales, a lo vivo, y a lo inerte, a lo mecánico. Era su propia dimensión, el espacio que ocupaba, la que daba forma a todo lo que la rodeaba. 

Una mano intrépida y temblorosa, lanzada a mitad del viaje, a punto estuvo de destruirla y hacerla opaca, antes de alcanzar su objetivo. Confiaba en que todas las ventanas estuvieran cerradas por las bajas temperaturas, que la ciudad se hubiera clausurado por la pereza del domingo por la tarde. La avenida estaba desierta, apenas circulaban coches, los semáforos estaban congelados, aunque de manera instintiva siguieran cambiando de color, sólo para una pareja de transeúntes, unos amantes recién estrenados, que habían echado el freno al borde de la calzada, para comerse el uno al otro con un beso virgen, y atropellado, como la nieve, también virgen, que el agua acristalada empezaba a formar. 

Alicia cayó, termino por caer, pero en el rostro de ella, la nueva, una piel joven, y suave, pura, una piel. Se lamentó de su puntería, era lo más cerca que había estado del aliento de Mateo en años, y justo en ese momento había decidido inclinar a su nueva compañera en un quiebro de película en blanco y negro, que hizo que la estudiada trayectoria de Alicia quedara en un plan frustrado una vez más. Al posarse en la sonrosada mejilla de la joven, trató de resbalar por el lateral de la nariz, hasta la comisura de los labios, y pasar al otro lado, mezclarse en la saliva de lenguas torpes de primera cita. Pero la chica era demasiado puritana, apenas abría la boca, daba besitos de ratón, sin mojarse, desperdiciando los labios más perfectos, y apetecibles, que podría tener delante nunca, aunque ese ‘nunca’ ya no fuera un concepto absoluto. Quién sabe si la niña acabaría también de vida en vida en busca del cariño pendiente de la persona amada sin poder alcanzarlo.
  

Alicia murió, terminó por morir, deshecha, y seca, volatilizada, en el pliegue de una arruga prematura que rodeaba la boca de su sustituta, a sólo unos milímetros de la de Mateo. Y se vio esperando, esperando de nuevo su turno, en el siguiente ‘anillo de la oruga que se come a sí misma’ —como llamaba ella a las largas colas del SETE—, cavilando sobre el catálogo actualizado de formas, y configuraciones humanas, y pseudohumanas, eligiendo la mejor apariencia, la más atractiva, y la más práctica, que la condujera de nuevo a él.