domingo, 13 de diciembre de 2015

El altar

Dejaba algunas monedas, un puñado de frutos secos —almendras, nueces, alguna castaña— y un cigarrillo o dos rodando, frente al altar. Encendía la vela, se despedía de sus muertos —o quizá les saludaba— y se iba a dormir. Hacía el mismo ritual cada noche desde que vio, en televisión, años atrás, a una mujer india, o hindú, o de aquella parte del mundo tan remota, poner adornos, comida, collares de flores, incluso billetes, a una estampita muy colorida del maestro al que adoraba, una especie de gurú, un guía. 

Nunca pensó que tras una ausencia, y otra, y otra, el rincón de la estantería donde iba acumulando las viejas fotografías de los que se marchaban, se convertiría en un mural de dolor, en blanco y negro, que ganaba espacio, a la balda de marcos vivos. No había cruces, ni santos, ni oraciones, sólo papel baritado: imágenes muertas en eterna condena a ser recordadas.

Primero fue papá, cuando ella aún no tenía canas; bastante más tarde, quizá demasiado, mamá, y el cabello se volvió ceniza, entero, de golpe. Cuando parecía que la pareja iba a permanecer mucho tiempo a solas, tranquila, independizada del ajetreo de la vida, y en calma, por fin, un hijo, y otro, y otro, se les fueron uniendo, como si de nuevo tratasen de reunir a toda la familia, en una llamada de sangre ancestral, densa, pesada, aplastante, pero al otro lado, en el rincón de las ausencias.


Aquella noche, su mirada se detuvo en el borde oscuro de los pies de su hermano Paco. 
Paco era el pequeño, se fue ya de mayor, pero de improviso, y mucho antes de lo que le hubiera correspondido, o eso pensaba ella, en total veneración por el chiquito de la casa. El chaval, de blanco al completo, tenía el gesto serio, pero seguro, apenas se le veía compungido, tampoco entusiasmado, la cara muy fina, en perfecta postura de recién comunión. No había reparado en que tal y como estaba apoyada la fotografía, pareciera que la figura levitara. Las suelas de los nucleares zapatos se elevaban en una especie de escalón que no existía, sobre el rojo intenso, de paño, de tapete de juego de almas ya desaparecidas. Desde esa perspectiva, recostada ya sobre la doble almohada, con la vista torcida, y el titileo vibrante de la llama, pareciera que el muchacho fuera a comenzar a caminar.  


A la mañana siguiente, diciembre helaba las paredes, y el suelo, y las manos. Metió con mucho cuidado cada pie en las blandas y calientes zapatillas de andar por casa y, mientras se ponía la bata, se oyó un crujir con el primer paso. Dio otro más, y se puso las gafas. El suelo estaba cubierto de pedacitos diminutos y punzantes, de cáscara de nuez. Se le congeló el espinazo, y con mucha prisa se quitó las gafas y las dejó sobre la mesita de noche, pero, respirando muy despacio, las cogió, temblorosa, y se las volvió a poner. Se acercó al altar. Allí estaba él, con una tímida sonrisa, mirando a su hermana en picaresca mueca. Las columnas de piedra a su espalda eran las mismas, los guantes seguían puestos, el librito, el rosario, pero había unas pequeñas manchas, de un gris más oscuro, a sus pies. Unas sombras teñían de burdeos el tapete rojo. La cera de miel de la vela se había derramado durante la noche, las gotas calientes cayeron alargadas ennegreciendo la tela. Apenas quedaban unos milímetros hasta la luz, que ya no se movía. Dio un soplo fuerte, seco. Posó la yema de sus dedos sobre el gesto, de nuevo serio, de su hermano. Acarició sus cejas, y su nariz, pasó con suavidad por la pequeña rayita que una vez fue una boca. “Ten cuidado, cariño, no te vayas a empachar. Hasta la noche. Y descansa”.




martes, 8 de diciembre de 2015

El jardín de estaño


Húmeda, transparente, viva, resbaló por el grueso cristal de vaso de caña, hasta que fue a chocar con las sucias células epiteliales de los dedos de Juan. Antes de verse de nuevo a punto de morir barrida por la crueldad de la rígida servilleta de papel —límpido engaño de torero, sin muleta que ocultar— consiguió esquivarla, contorsionándose sobre sí misma en una encarnecida lucha gravitacional, librada justo en un surco de la comisura de los pelliceros labios del casero ocasional.

Interrogaciones ahorcadas en barras de metal, una tras otra, bien ordenadas. Una hilera de ejecuciones, rojo sintético, verde, gris, repartiendo los centímetros para respirar a distancias equilibradas, simétricas, o casi. Manos, manos, manos. Manos corruptas desordenando y aplastando prendas, un día más, un domingo más. Hacer, deshacer, montar, desmontar. Manos contaminadas contaminando su húmeda, transparente, y viva, vida. La de Juan, la suya, la de la recién nacida.

Odiaba mezclarse con saliva, más incluso que con migas de pan. Era desagradable hacerse gazpacho y cambiar bruscamente de estado, pero  que sus primeros recuerdos fueran los minutos previos, insignificantes, y mundanos, de otro, de cualquier tendero del rastro, de cualquier borracho, de cualquier turista, de quienquiera que pasara por allí a calmar su sed, le restaba sentido de importancia a su vida, no lo soportaba. No soportaba absorber, ni ser sorbida, pero así era su vida. Y su vida era importante. O eso le habían dicho. Alguien, no recordaba quién. Apenas tenía espacio para recuerdos. O tiempo, probablemente tiempo. Suponía que su almacenamiento debía compartimentarse en alguna forma de tiempo. ¿De qué espacio se iba a servir si una no era ni una ameba con al menos un núcleo, o simplemente ‘algo’ celular? En apenas unas décimas de segundo, hasta el mugroso y amarillo bayetazo final, una no era capaz de ordenar, de estructurar, de hacer biblioteca. Y, sin embargo, pensaba en la forma de guardar, de recordar, una y otra vez, con cada nueva caña, bien o mal tirada, lo poco que fuera aquello que quería proteger.

El mar de cabezas de gambas que le miraba desde el suelo, con su salvaje oleaje inerte, a ritmo de puntapiés, tan brillante, tan naranja, tan sangriento, tan salado, estuvo de embaucarla en atrayente desesperación de acantilado. Pero decidió intentar sobrevivir unos tragos más.

Agarrada a un feo y puntiagudo vello de lunar del brazo de Juan, se balanceó varias veces, apuntando muy dispuesta, y decidida, al gran plato de caracoles. Al menos ocuparía una casa. Siempre hay quien sale beneficiado en los desahucios. No era su culpa, era ley de vida, o no, puede que falta de ganas de sacrificio. Debía resistir, sólo un poco más, fuera como fuese, por ver, sólo por ver.

A la tercera columpiada salió lanzada, rápida, imperceptible, pero afilada, directamente a la barra de estaño. Se estampó deshaciéndose en aleación metálica, fría, plateada, aquella que acuna a los muertos, a los que no necesitan ser felices para vivir.


Divisó, ya con niebla en el local, verde picón, cartílagos, y entrañas de animales, como las que ella tuvo alguna vez. Le gustaba ser gota, gota de escarcha de bar, no de la acera, no de hoja, no de espejo retrovisor, no de alféizar de ventana: gota de escarcha de bar, húmeda, transparente, viva. Sin viento, ni mar, sin sólido, ni gas. Sólo el lejano murmullo de espuma de un grifo de cerveza a punto de reventar, y el ruido, mucho ruido, y la espera, la inmediata, las prisas, la calma, la de la tapa, la de la cuenta, la de descubrir el aspecto de su nuevo traje de agua, siempre diferente, con la siguiente tirada, en la barra de un bar, en la penumbra de un jardín de estaño.