sábado, 14 de mayo de 2016

Parálisis

El pecho se hunde con el peso de otro cuerpo, pero es un peso acerado y agobiante, mucho más grávido que el de una persona normal, es la presión de otro mundo. Entonces, despiertas.

La sábana se desliza, de un rápido tirón, cayendo hacia los tobillos. No puedes mover las piernas, tampoco los hombros, eres incapaz de alzar los codos. Tu cuerpo está inmovilizado. Tu cabeza permanece quieta, fija, como si estuviera atada con la correa de una vieja silla eléctrica. Pero lo estás viendo, lo ves todo, con otro sentido, uno diferente a los que conoces, uno de otra dimensión. No lo sientes, ves desde dentro y desde fuera, eres capaz de captarlo todo. Te miras a ti misma, postura de manicomio, brazos en cruz, y ves a la criatura sobre ti, y también delante de ti, a la vez. Todas las perspectivas posibles en una sola.  

No, otra vez no. No estaba tan cansada. Despacio, respira, calma.

Una especie de bramido entra por los oídos y se queda pegado a tu masa encefálica. No es humano, tampoco de animal, nunca lo has escuchado en el mundo real, pero tiene que serlo, sólo puede ser de este mundo, del nuestro.
Todo está en tu cabeza, Alicia, tranquila, controla, contrólalo tú, eres tú.


Cae sobre tu cara esa viscosidad de su boca, esa especia de saliva grotesca que chorrea desde su puntiaguda lengua. Imposible cubrirse, no puedes protegerte, te dan arcadas según la notas resbalar. Aprietas la boca, aguantas la respiración, tu corazón se acelera. Te dará un paro cardíaco si cierras también los pulmones. Vas a morir, no lo sientes, no lo imaginas, te ves morir.

No existe, no ofrezcas resistencia. Es sólo tu cuerpo, es sólo tu cerebro. Ya sabes cómo funciona. Sabes cómo salir de ésta, conoces los pasos. Empieza, uno por uno, poco a poco. No dejes que te arrastre, será peor, ¡hazlo!

Su figura se hunde un palmo más, su dimensión es del doble que la tuya. Músculos saurios se aprietan contra tus extremidades. El bramido no para, sigue zumbando en tu cabeza, sigue adherido a tus células, mezclándose con ellas, con tu carne. Notas como sus afiladas uñas te cortan los muslos y la cara. Sangras oscuridad, brillante. Gritas, pero nadie te oye. Sientes su aliento infernal penetrando agresivo por tus cavidades nasales. Sientes pasos fuera de la habitación, pero estás sola. Esto no está pasando.

Muévete, mueve el brazo, comienza por los dedos, gira la muñeca y levántala, luego sigue. Lentamente, respira. Todo tiene que ser muy lento, muy sutil, Alicia, programado. Has leído mucho sobre esto, sabes cómo funciona. ¡Sabes perfectamente cómo funciona la parálisis del sueño!, ¡ya deberías estar acostumbrada! Sólo estás cansada, ve despacio.
No vas a poder, pesa mucho. Te ahogas en una densa y negra atmósfera de terror. Te mueres de miedo, literalmente, te estás muriendo de miedo.

No pesa, no es, no existe. No te resistas, entra en el juego, transfórmalo en algo tuyo, en ti. Eres tú. Arrebátale el poder, no dejes que conduzca la experiencia. Ya sabes que debes manejarla tú. Cuenta, cuenta tu respiración, piénsala, detente en cada latido. Esfuérzate, ¡no quieras quedarte!, ¡no es real!

Con un esfuerzo de resistencia descomunal, logras palpar la pared en busca del interruptor de la luz, hasta que lo localizas. Sus uñas siguen marcando tus pantorrillas, la barriga, quema, huele a sangre y a podrido. Enciendes la luz.
No ves. No ves nada. Notas cómo tus pupilas se mueven a toda velocidad bajo tus párpados, no puedes mover las membranas, no las puedes accionar, no puedes hacer que funcionen. Tu mente está despierta, pero tu cuerpo no. La impotencia te desborda.
Calma, ábrelos, vamos, inténtalo, abre los ojos. Confía, ya sabes que no hay nada. No puedes quedarte ahí.

Un hilito de claridad, una pequeña ranura. Lo estás consiguiendo. Estabas perdida, pero lo estás consiguiendo. Lentamente, agitas los dedos de los pies, cabeceas con cuidado, inspiras. Imaginas la sangre de tu organismo circulando en todas direcciones, llenándote de movimiento. La angustia que se esfuma, tu corazón se está ralentizando. Ya no te ves, ahora te imaginas. Pierdes transparencia. Tu consciencia vuelve a ser la misma, la lógica, la normal, limitada.

Te incorporas casi sin esqueleto, una muñeca de trapo acalambrada, agotada. Las primeras veces salías corriendo, espantada, buscando a alguien, a quien fuera, con una especie de ataque de ansiedad, aunque crees que no sabes bien lo que es eso. Últimamente, tras los episodios, no corres, simplemente, te levantas derrotada. Caminas despacio rodeando la cama, y abres la puerta.

—Hola.
—Hola, ¿qué pasa?
—Nada, ¿no me has oído gritar?
—No.
—Ya.
—¿Otra vez?
—Otra vez.

Entras de nuevo en la habitación, la notas rara. Sabes que no ha pasado lo que ha pasado, pero algo ha cambiado. Te acercas a la ventana, subes la persiana, y la abres. Es de día, no sabes qué día. Coges aire, atrapas todo el aire de la ciudad con tus sucios pulmones. Casi te compadeces. Otra vez. Otra vez te ha ocurrido, y otra vez has tardado demasiado en concentrarte. La siguiente tendrás que enfrentarte con más ganas, debes aprender a focalizar, no puede durar tanto.


La fina cortina se arremolina en el lateral del cristal, hace frío, corre aire. Cierras con ímpetu empujando hacia fuera la hoja con un fuerte golpe, y te quedas paralizada, esta vez, de verdad. Con la mano aún en el tirador ves tres líneas, tres grandes cuchilladas oblicuas, paralelas, en el tejido. No las notas, no las sientes, las ves. Ves unos enormes surcos que atraviesan el visillo de lado a lado. Arrancas la tela de cuajo, y sales con ella en la mano buscando el cubo de basura. Las cortinas están para tirar.