El pecho se hunde con el
peso de otro cuerpo, pero es un peso acerado y agobiante, mucho más grávido que
el de una persona normal, es la presión de otro mundo. Entonces, despiertas.
La sábana se desliza, de
un rápido tirón, cayendo hacia los tobillos. No puedes mover las piernas,
tampoco los hombros, eres incapaz de alzar los codos. Tu cuerpo está
inmovilizado. Tu cabeza permanece quieta, fija, como si estuviera atada con la correa
de una vieja silla eléctrica. Pero lo estás viendo, lo ves todo, con otro
sentido, uno diferente a los que conoces, uno de otra dimensión. No lo sientes,
ves desde dentro y desde fuera, eres capaz de captarlo todo. Te miras a ti
misma, postura de manicomio, brazos en cruz, y ves a la criatura sobre ti, y también
delante de ti, a la vez. Todas las perspectivas posibles en una sola.
No,
otra vez no. No estaba tan cansada. Despacio, respira, calma.
Una especie de bramido
entra por los oídos y se queda pegado a tu masa encefálica. No es humano,
tampoco de animal, nunca lo has escuchado en el mundo real, pero tiene que
serlo, sólo puede ser de este mundo, del nuestro.
Todo
está en tu cabeza, Alicia, tranquila, controla, contrólalo tú, eres tú.
Cae sobre tu cara esa
viscosidad de su boca, esa especia de saliva grotesca que chorrea desde su
puntiaguda lengua. Imposible cubrirse, no puedes protegerte, te dan arcadas
según la notas resbalar. Aprietas la boca, aguantas la respiración, tu corazón
se acelera. Te dará un paro cardíaco si cierras también los pulmones. Vas a
morir, no lo sientes, no lo imaginas, te ves morir.
No
existe, no ofrezcas resistencia. Es sólo tu cuerpo, es sólo tu cerebro. Ya
sabes cómo funciona. Sabes cómo salir de ésta, conoces los pasos. Empieza, uno
por uno, poco a poco. No dejes que te arrastre, será peor, ¡hazlo!
Su figura se hunde un
palmo más, su dimensión es del doble que la tuya. Músculos saurios se aprietan
contra tus extremidades. El bramido no para, sigue zumbando en tu cabeza, sigue
adherido a tus células, mezclándose con ellas, con tu carne. Notas como sus
afiladas uñas te cortan los muslos y la cara. Sangras oscuridad, brillante.
Gritas, pero nadie te oye. Sientes su aliento infernal penetrando agresivo por
tus cavidades nasales. Sientes pasos fuera de la habitación, pero estás sola.
Esto no está pasando.
Muévete,
mueve el brazo, comienza por los dedos, gira la muñeca y levántala, luego
sigue. Lentamente, respira. Todo tiene que ser muy lento, muy sutil, Alicia, programado.
Has leído mucho sobre esto, sabes cómo funciona. ¡Sabes perfectamente cómo
funciona la parálisis del sueño!, ¡ya deberías estar acostumbrada! Sólo estás
cansada, ve despacio.
No vas a poder, pesa
mucho. Te ahogas en una densa y negra atmósfera de terror. Te mueres de miedo,
literalmente, te estás muriendo de miedo.
No
pesa, no es, no existe. No te resistas, entra en el juego, transfórmalo en algo
tuyo, en ti. Eres tú. Arrebátale el poder, no dejes que conduzca la experiencia.
Ya sabes que debes manejarla tú. Cuenta, cuenta tu respiración, piénsala,
detente en cada latido. Esfuérzate, ¡no quieras quedarte!, ¡no es real!
Con un esfuerzo de
resistencia descomunal, logras palpar la pared en busca del interruptor de la
luz, hasta que lo localizas. Sus uñas siguen marcando tus pantorrillas, la
barriga, quema, huele a sangre y a podrido. Enciendes la luz.
No ves. No ves nada.
Notas cómo tus pupilas se mueven a toda velocidad bajo tus párpados, no puedes
mover las membranas, no las puedes accionar, no puedes hacer que funcionen. Tu
mente está despierta, pero tu cuerpo no. La impotencia te desborda.
Calma,
ábrelos, vamos, inténtalo, abre los ojos. Confía, ya sabes que no hay nada. No
puedes quedarte ahí.
Un hilito de claridad,
una pequeña ranura. Lo estás consiguiendo. Estabas perdida, pero lo estás
consiguiendo. Lentamente, agitas los dedos de los pies, cabeceas con cuidado,
inspiras. Imaginas la sangre de tu organismo circulando en todas direcciones,
llenándote de movimiento. La angustia que se esfuma, tu corazón se está
ralentizando. Ya no te ves, ahora te imaginas. Pierdes transparencia. Tu
consciencia vuelve a ser la misma, la lógica, la normal, limitada.
Te incorporas casi sin
esqueleto, una muñeca de trapo acalambrada, agotada. Las primeras veces salías corriendo,
espantada, buscando a alguien, a quien fuera, con una especie de ataque de
ansiedad, aunque crees que no sabes bien lo que es eso. Últimamente, tras los
episodios, no corres, simplemente, te levantas derrotada. Caminas despacio
rodeando la cama, y abres la puerta.
—Hola.
—Hola, ¿qué pasa?
—Nada, ¿no me has oído
gritar?
—No.
—Ya.
—¿Otra vez?
—Otra vez.
Entras de nuevo en la
habitación, la notas rara. Sabes que no ha pasado lo que ha pasado, pero algo
ha cambiado. Te acercas a la ventana, subes la persiana, y la abres. Es de día,
no sabes qué día. Coges aire, atrapas todo el aire de la ciudad con tus sucios
pulmones. Casi te compadeces. Otra vez. Otra vez te ha ocurrido, y otra vez has
tardado demasiado en concentrarte. La siguiente tendrás que enfrentarte con más
ganas, debes aprender a focalizar, no puede durar tanto.
La fina cortina se
arremolina en el lateral del cristal, hace frío, corre aire. Cierras con ímpetu
empujando hacia fuera la hoja con un fuerte golpe, y te quedas paralizada, esta
vez, de verdad. Con la mano aún en el tirador ves tres líneas, tres grandes
cuchilladas oblicuas, paralelas, en el tejido. No las notas, no las sientes, las
ves. Ves unos enormes surcos que atraviesan el visillo de lado a lado. Arrancas
la tela de cuajo, y sales con ella en la mano buscando el cubo de basura. Las
cortinas están para tirar.
