sábado, 20 de junio de 2015

La caseta


Alicia bajó la cuesta un tanto acalorada, el bochorno de primeros de junio había caído ese día como un yunque sobre su cabeza al salir del trabajo. Su paso era tranquilo, pausado, se paró frente a alguna portada que le llamó la atención, apenas preguntó algún dato a los libreros. No se entretuvo demasiado, iba mirando hacia arriba, contando números, rojo, blanco, rojo, rojo, verde, 123, 124, 125; estaría en la fila de la izquierda. Se apartó al carril central previniendo un más que probable arrebato de última hora, pasando de largo la caseta.
Tras unos segundos paralizada frente a la oscura figura que aventuró era Marcos, éste levantó la vista. Alicia tenía ambas manos ocupadas, había olvidado el helado que acababa de comprar (¿cuándo?, ¿dónde?), y se vio haciendo unos absurdos aspavientos con una tarrina llena de churretes de caramelo en una mano, y una cucharita pegajosa en la otra: un saludo cremoso. La fila de botones de la camisa negra que tenía delante se empezó a hacer cada vez más grande, se dio cuenta de que también tenía que inclinarse por la cortesía de los dos besos. Hablaron del gris plomizo de Madrid en el mes más inestable del año, de los encuentros desvirtuados de mundos desvirtuales, de las visitas, de las ‘enhorabuenas’, de lo raros que eran los días de entre semana antes del verano; compró un par de libros (el suyo ya lo había leído), pagó con tarjeta, y se marchó.

Unos vasos de plástico de colores volcados como cubiletes de dados apostando al número más alto —pero sin fuerza, y sin tapete verde— esquivando las ruedas de patinadores. Un rostro de espanto, un ala desproporcionada, una serpiente a los pies, la estatua del Ángel Caído. 

Al año siguiente, ya sin helado en las manos, le invitó a un vasito de vino —literalmente, 'vasito’— para celebrar algo, no recuerda, no sabía, algo parecido al encuentro con los lectores. Algo de ese mundo que no era el suyo. Aceptó la invitación. Su garganta se volvió granate y picaba, sus labios se pintaron de burdeos, se mordió la carne. Apenas hablaron, siempre iba sola. Recurrió a él para que de nuevo le encontrara una papelera. Dos años, dos citas, y lo máximo que había hecho fue pedirle que tirara sus desperdicios, tarrinas y vasos de plástico. La suciedad portátil de los parques.

Junio acechó de nuevo, 12 giros de calendario, y Alicia se entusiasmó de una manera casi pueril con su cita anual. Sabía que todos los trazos que siempre había dibujado los tenía él, también los impares, los angulosos, las esquinas, los imperfectos, y los desatinados. El resto solo habían sido bocetos.
 
Demasiada gente. Risas, entre las que no estaba la suya; fotografías, que no se hizo con ella, saludos, que no incluyó a ambos. Una multitud de cabezas. Alicia continuó caminando a ritmo, sin pararse, agachó la cabeza; saludó a su ángel de yeso, y volvió a casa.

365 días más, Alicia se acuerda de la Feria entre arrozales y perros mimosos filipinos a sus pies, se acuerda de que tenía una cita anual a la que está faltando, se acuerda de un libro de poemas de Kapuściński. Vuelve a cumplir años, y vuelve a cumplirse un año. Alicia no está.

4 estaciones, la nueva edición se llena de tardes soleadas, menos tormentosas, faltan cielos plomizos y mangas largas, y el azul inunda el espacio. Palabras que salen por un megáfono anunciando firmas, actividades, un tipo trajeado tocando el violín, un tango. Por fin, la caseta. Una mujer, un hombre. ¿Y Marcos?, ¿no es el día?, ¿no ha acudido a la cita?

Desarrugándose la camisa con las manos, y limpiándose la boca de migas de algo que acababa de comprar, no recuerda qué (¿cuándo?, ¿dónde?), pregunta a la mujer:
—Perdona, ¿Marcos?, ¿no está hoy?, ¿no viene este año?—, escondiendo en su puño un envoltorio de plástico pringoso.
—¿Marcos?, ¿qué Marcos?
—Sí, Marcos, el chaval de la camisa negra; un chico rubio, alto, ojos azules. Bueno, Marcos. Marcos, el escritor.
—¿Qué escritor? No sé a quién te refieres.
—¡Pero si está todos los años firmando! ¿Es aquí?, ¿me he equivocado de caseta?, contestó Alicia con el pulso ya acelerado y dando un paso atrás alzando la vista, —Sí, sí, es aquí, la caseta 131—, musitó.
—Hum, Marcos. Sí, es esta, 131, pero aquí no hay ningún Marcos —dijo la librera quedándose pensativa—, nunca lo ha habido, creo que estás confundida— sentenció retirándose el flequillo de la frente dando carpetazo a la situación.  
Alicia frenó de golpe sus latidos de una forma consciente, ordenando a todas sus células que esperaran un momento, que le dieran un segundo, que dejaran de trabajar un instante, que quedaba una página sin pasar.
—Estaré confundida, perdona por molestar. Gracias.
—No es molestia. De nada.
—Adiós.
—Buen día, adiós.
 
Escuchó el sonido de agua de grifo cada vez más cerca, el chirriar de metales de un desafortunado derrape a su espalda. Niños gritando, una radio con música hip-hop en castellano, las ruedas de un carrito de bebé, el megáfono gritando citas, y citas, y más citas imperdibles con sus escritores favoritos: “Hagan cola, amigos, no se lo pierdan”. Aceleró el paso, se puso los auriculares en modo silencio, solo para mitigar el ruido. Caminó a tientas entre apuestas, globos de helio, rosas brillantes, amarillos que chillaban; mareada, borracha de estímulos, y calor, se sentó al borde de la fuente, 666 de altitud.
 
Chist, chist.
 
Alicia miró hacia arriba, olvidó sus gafas de sol, solo veía rayos de luz quemando el granito abstracto y desdibujado, sombras. El agujero en la cara del ángel se cerró inclinando su cabeza, pequeñas astillas grises salpicaron en lo que sería el cuello, y sonrió mirándola fijamente. Alicia vislumbró, por el rabillo del ojo, una masa escamosa y resbaladiza estrangulando un poco más las caderas y las piernas de la figura. Un cascabeleo punzante cruzó su cráneo desde el orificio de uno de sus oídos hasta el otro; un rayo atravesó su viscoso cerebro a punto de estallar. Un guiño de piedra. El saludo del ángel.
Angels.
 
 
 

sábado, 13 de junio de 2015

Vacaciones


Y Alicia cayó por el túnel de la madriguera a gran velocidad hasta que los nudos de raíces de árboles de la superficie bloquearon su cuerpo a mitad de camino de un golpe seco. Tragó tierra, negra, húmeda; tragó hormigas, sintió arcadas. Quiso asesinar su impulso de curiosidad, justo el que le había llevado hasta allí, quiso matar lo que le mantenía viva, quiso cargarse a los malditos árboles que la estrangulaban con sus largos tentáculos. Quiso volver a salir y quedarse quieta, ser un árbol más, y mirar para otra parte, quiso esquivar las balas, y sonreír siempre, quiso que sus dientes se rompieran masticando espejismos de normalidad, pero su gran trasero le impedía volver a subir, aunque también le impedía seguir hundiéndose hacia las profundidades de un nuevo mundo. Y empezó a patalear con mucha fuerza, nadó en el aire, gritó de impotencia, escupiendo desde el fondo de su garganta toda la arena y bichos anidados en sus cuerdas vocales, y se quedó sin voz, se quedó muda, aunque ya no le importaba, le seguían funcionando sus oídos y sus manos. Quedó atrapada. Un segundo de rendición, hilos de sangre caían desde la comisura de sus labios hasta sus sienes, y de ahí al infinito, a un vacío de silencio y mugre, de soledad. Tampoco necesitaría escuchar, tampoco necesitaría crear. 

El estruendo rompió de repente, tormenta, terremoto, corrimiento de tierras, qué más daba qué y por qué; el mundo empezó a girar a su alrededor, a sacudirse, y como si de un corcho de botella a presión se tratara, salió disparada con todo su peso hacia el fondo de la cueva; resbaló rápido, ya no se le veían las bragas, ni tenía que patalear. Un conejo blanco con prisas, pastillas de colores (¿roja o azul?), un sombrerero cuerdo, una oruga 'fumeta' en modo zen, un millón de felices 'no cumpleaños', voladoras tazas de té, una tortuga que no era Casiopea; ni ella era ya una niña, ni ella era Momo. Un mundo de colores, lejos de hombres grises, un mundo de aves de papel, de planetas, de aviadores, de zorros, de globos estáticos, y ojos claros, transparentes. Una vida de la que nunca más necesitaría vacaciones.