jueves, 19 de marzo de 2015

Humo


Aquel día tuvo que levantarse bien temprano. Tenía cita con la tortura: el dentista. Se despertó sofocada en medio de una pesadilla con los ojos a punto de explotar. Sin saber muy bien dónde estaba, levantó con mucho esfuerzo los párpados, solo una rayita, pesaban mucho, la luz entró doliendo; estaba donde siempre.

Su padre acudió a la llamada, a esa especie de gemido entrecortado. La calmó como pudo, la abrazó fuerte envolviéndola en un tremendo olor a tabaco que casi le hizo vomitar.

—Que no vuelva a pasar. Ese niñato no va a hacer más daño a mi niña. Cómo cruce con él, le engancho y le estampo contra la pared. Ya puede quedarse bien lejos de aquí.

Le habían regalado su primer desengaño amoroso con apenas 17. El primero de una lista más larga que la cola del paro 20 años después. Pero aún no lo sabía, no había aprendido a procesar. Apenas había aprendido a vivir tan solo con sus sentidos. Justo en ese nuevo amanecer atropellado debía acudir a su cita. Su padre la acompañaría como si todavía no estuviera destetada. Era mayor para eso, pero ambos sabían que el miedo es irracional, y que no entiende de edades. No podía soportar el ruido de todos aquellos instrumentos de martirio, ni siquiera la peste a productos desinfectantes.

La anestesia curó, curó el cuerpo y también curó las entrañas que la estaban desbordando. Quedó adormecida. Un día, un día de descanso, de tregua.

A la mañana siguiente, el cese en la batalla había terminado. La guerra continuó. Volvió a no reconocer (o a reconocer de una forma demasiado transparente) al extraño señor que le había dado la vida. Aquel hombre marrón que andaba por la casa, que había gateado por esas mismas baldosas años atrás, que nunca había salido de allí. Al que nada le gustaba, porque nada conocía. Que odiaba todo y a todos, todo el que se pusiera por delante. Incluso odiaba a aquellos que tuvieran el coraje de tratar de entrar en su particular prisión, la física y la mental. Inadaptado en un mundo que aborrecía, ni siquiera lo intentó, ni siquiera intentó participar, jugar; en lo único en lo que se esforzaba era en su propia destrucción.

Nunca le echó de menos, tampoco le culpó. Tan solo de vez en cuando, cada dos o tres años, a veces más, recuerda aquel intenso abrazo de humo que le llenó de infancia perdida, aquel abrazo de amor sincero, de comprensión dulce, que fue suficiente para toda una vida.