Aquel día tuvo que levantarse bien
temprano. Tenía cita con la tortura: el dentista. Se despertó sofocada en medio
de una pesadilla con los ojos a punto de explotar. Sin saber muy bien dónde
estaba, levantó con mucho esfuerzo los párpados, solo una rayita, pesaban mucho,
la luz entró doliendo; estaba donde siempre.
Su padre acudió a la llamada, a esa
especie de gemido entrecortado. La calmó como pudo, la abrazó fuerte
envolviéndola en un tremendo olor a tabaco que casi le hizo vomitar.
—Que no vuelva a pasar. Ese niñato no va a hacer más daño a mi niña. Cómo cruce con él, le engancho y le estampo contra la pared. Ya puede quedarse bien lejos de aquí.
Le habían regalado su primer
desengaño amoroso con apenas 17. El primero de una lista más larga que la cola
del paro 20 años después. Pero aún no
lo sabía, no había aprendido a procesar. Apenas había aprendido a vivir tan
solo con sus sentidos. Justo en ese nuevo amanecer atropellado debía acudir a
su cita. Su padre la acompañaría como si todavía no estuviera destetada. Era
mayor para eso, pero ambos sabían que el miedo es irracional, y que no entiende
de edades. No podía soportar el ruido de todos aquellos instrumentos de
martirio, ni siquiera la peste a productos desinfectantes.
La anestesia curó, curó el cuerpo y
también curó las entrañas que la estaban desbordando. Quedó adormecida. Un día,
un día de descanso, de tregua.
A la mañana siguiente, el cese en la
batalla había terminado. La guerra continuó. Volvió a no reconocer (o a
reconocer de una forma demasiado transparente) al extraño señor que le había dado la vida.
Aquel hombre marrón que andaba por la casa, que había gateado por esas mismas
baldosas años atrás, que nunca había salido de allí. Al que nada le gustaba,
porque nada conocía. Que odiaba todo y a todos, todo el que se pusiera por
delante. Incluso odiaba a aquellos que tuvieran el coraje de tratar de entrar
en su particular prisión, la física y la mental. Inadaptado en un mundo que aborrecía,
ni siquiera lo intentó, ni siquiera intentó participar, jugar; en lo único en
lo que se esforzaba era en su propia destrucción.
Nunca le echó de menos, tampoco le
culpó. Tan solo de vez en cuando, cada dos o tres años, a veces más, recuerda
aquel intenso abrazo de humo que le llenó de infancia perdida, aquel abrazo de
amor sincero, de comprensión dulce, que fue suficiente para toda una vida.

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