sábado, 27 de diciembre de 2014

Mi calle

No recuerdo a cuál de los chavales del barrio se le ocurrió la idea de ponerle nombre a lo que siempre había sido cañear en de los bares de la Avenida. No conocía (y sigo sin conocer), calle alguna de Madrid con más número de bares por metro cuadrado. Bien es cierto que mi conocimiento de Madrid no era ni mucho menos completo (ni lo es ahora), pero era bastante impresionante (y más para una cría como yo, que era demasiado cría por aquel entonces) el hecho de que, si por los vecinos fuera, podía no haber nada más, pero bodegas que no faltaran, negocio seguro. Las normas de la Ruta eran bien claras, y solo había dos: una caña en cada bar (nada de pedir más rondas en el mismo) y no saltarse ninguno. La podías hacer por aceras, un día pares, otro impares, o cruzando de una a otra, eso dependía ya del estado de embriaguez de cada cual y del gusto del grupo con el que estuvieras. La retirada estaba permitida en cualquier momento. Eso, o tener que estar llamando al SAMUR cada 15 minutos. ¡Si alguien llegó alguna vez a completar la Ruta que me cuente si había premio!
 
En los aledaños a Monte Igueldo ‘La estanquera de Vallecas’ fue algo más que una película. Vendían gallinejas y zarajos en un diminuto espacio de la calle Robles, del que salías apestando a entrañas y aceite rancio. Estaba en la misma calle en la que madre compraba los cuadernos Rubio en aquella papelería, la del señor y señora con aspecto de matrimonio culto cuya brújula debía de tener las agujas desimantadas. Empezabas a fumar en los escalones de las entradas de bancos y cajas, antes de que estos comenzaran a estar ocupados a tiempo completo. La Plaza Vieja y el Bulevar eran lugares prohibidos a partir de cierta hora, “¿Tienes cinco duritos, guapa, para el Metro?” Entablabas conversaciones ridículas con yonquis y quinquis para salvaguardar tus “cinco duritos”. Una vez te tenían “fichada” se acababan los atracos. Eras del barrio, de los suyos. A molestar a los foráneos.
Al principio de la Avenida estaba la oficina de la ONCE a cuyos usuarios tenías que andar sorteando cada vez que salías del metro con prisa. Doblar una esquina en un día de lluvia con paraguas, y mil bastones a tu alrededor, se convertía en deporte olímpico. La pastelería del barrio, donde madre nos compraba a veces algún bollo para el recreo. Donde un día se encontró en el suelo un billete de 1.000 pesetas y lo devolvió. La farmacia del barrio, donde también madre hacía acopio de Algidol, tiritas y mercromina. La tienda de decomisos del barrio, donde padre compró una vez un radiocasete grande y hortera, en el que poner sus cintas de Los Relámpagos y Los Pekenikes cuando íbamos al Parque Sindical (que nadie me vuelva a recordar este momento, por favor), la ferretería del barrio, la frutería del barrio, la carnicería del barrio… todo del barrio. Todo del barrio, y todo de barrio, de barrio porque eso es lo que era, un barrio, no un conjunto de bloques y torres de mil pies donde la gente sale al amanecer, vuelve al anochecer, y duerme, sino un conjunto de muros bajos, entre los que se vive, y también, a veces a punta de pistola o de jeringuilla, también se muere.
Pintada en un semáforo de la Avenida de Monte Igueldo.
(Fotografía de internet, desconozco el autor).
A media altura estaba la tienda donde comprar los cordones de las zapatillas: Curtidos Ramón, cartón, madera, dos viejitos, ella y él, de cartón y de madera, siempre viejitos, un par de personas inmortales. La gasolinera donde mi amiga Isa se dejó el paragolpes trasero de su VW Golf negro macarra enganchado en una de las vallas verdes de la entrada, y salió muy digna a echar gasolina, como si no fuera con ella el asunto. Más adelante, las canchas de fútbol en donde los chulitos que se creían ya más de Entrevías no querían saber nada de los del Puente. Siempre hubo clases, también entre los sinclase. Y al final de Monte Igueldo, nada interesante, solo el precipicio hacia el resto del globo terráqueo, tan inmenso como inalcanzable. ¿Y quién lo querría abarcar? 
 
 


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