No recuerdo a cuál de los
chavales del barrio se le ocurrió la idea de ponerle nombre a lo que siempre
había sido cañear en de los bares de la Avenida. No conocía (y sigo sin conocer),
calle alguna de Madrid con más número de bares por metro cuadrado. Bien es
cierto que mi conocimiento de Madrid no era ni mucho menos completo (ni lo es
ahora), pero era bastante impresionante (y más para una cría como yo, que era demasiado
cría por aquel entonces) el hecho de que, si por los vecinos fuera, podía no
haber nada más, pero bodegas que no faltaran, negocio seguro. Las normas de la
Ruta eran bien claras, y solo había dos: una caña en cada bar (nada de pedir
más rondas en el mismo) y no saltarse ninguno. La podías hacer por aceras, un
día pares, otro impares, o cruzando de una a otra, eso dependía ya del estado
de embriaguez de cada cual y del gusto del grupo con el que estuvieras. La
retirada estaba permitida en cualquier momento. Eso, o tener que estar llamando
al SAMUR cada 15 minutos. ¡Si alguien llegó alguna vez a completar la Ruta que
me cuente si había premio!
En los aledaños a Monte
Igueldo ‘La estanquera de Vallecas’ fue algo más que una película. Vendían
gallinejas y zarajos en un diminuto espacio de la calle Robles, del que salías
apestando a entrañas y aceite rancio. Estaba en la misma calle en la que madre compraba los cuadernos Rubio en aquella
papelería, la del señor y señora con
aspecto de matrimonio culto cuya brújula debía de tener las agujas
desimantadas. Empezabas a fumar en los escalones de las entradas de bancos y
cajas, antes de que estos comenzaran a estar ocupados a tiempo completo. La
Plaza Vieja y el Bulevar eran lugares prohibidos a partir de cierta hora,
“¿Tienes cinco duritos, guapa, para el Metro?” Entablabas conversaciones ridículas
con yonquis y quinquis para salvaguardar tus “cinco duritos”. Una vez te tenían
“fichada” se acababan los atracos. Eras del barrio, de los suyos. A molestar a
los foráneos.
Al principio de la Avenida
estaba la oficina de la ONCE a cuyos usuarios tenías que andar sorteando cada
vez que salías del metro con prisa. Doblar una esquina en un día de lluvia con
paraguas, y mil bastones a tu alrededor, se convertía en deporte olímpico. La pastelería
del barrio, donde madre nos compraba a veces algún bollo para el recreo. Donde
un día se encontró en el suelo un billete de 1.000 pesetas y lo devolvió. La
farmacia del barrio, donde también madre hacía acopio de Algidol, tiritas y
mercromina. La tienda de decomisos del barrio, donde padre compró una vez un
radiocasete grande y hortera, en el que poner sus cintas de Los Relámpagos y
Los Pekenikes cuando íbamos al Parque Sindical (que nadie me vuelva a recordar
este momento, por favor), la ferretería del barrio, la frutería del barrio, la
carnicería del barrio… todo del barrio. Todo del barrio, y todo de barrio, de
barrio porque eso es lo que era, un barrio, no un conjunto de bloques y torres
de mil pies donde la gente sale al amanecer, vuelve al anochecer, y duerme,
sino un conjunto de muros bajos, entre los que se vive, y también, a veces a
punta de pistola o de jeringuilla, también se muere.
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Pintada en un semáforo de la Avenida de Monte Igueldo.
(Fotografía de internet, desconozco el autor). |

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