Aún
sin saber si conseguiría su objetivo, Alicia saltó de su nube. Sin pensarlo,
porque no tenía con qué, se lanzó al vacío, y no estuvo mal. Su cuerpo comenzó
a recomponerse, iba a ser el único día del año en el que caería nieve en
Madrid, su único día de vida, de esa vida.
Los
minúsculos cristales empezaron a unirse, un nuevo brazo por allí, una pierna
por allá. Hasta entonces, nunca le había tocado convertirse en existencia
voladora, había reptado, trepado, incluso se había transportado dando saltitos,
cuando no tuvo más remedio que convertirse en sapo cubierto de repugnantes protuberancias.
Según le había dicho el descafeinado funcionario del SETE (Servicio Estatal de
Transmutación de Espectros), los adorables gatos persas que tanto le gustaban a
Mateo estaban ya asignados, también las hebras de tabaco de liar, las rejillas
de los micrófonos, y las bocas de botella de cervezas madrileñas, todo lo que pudiera
acercarla de nuevo a sus labios. Esa vez sólo le quedó convertirse en cristales,
cristales de agua, en un copo de nieve etéreo, ligero, y breve, que apenas le
rozara, que le diera algo de calor, y de mimos, aunque con ello la derritiera,
y con ello, la matara, otra vez.
La
espera hasta poder nacer de nuevo cubierta de sangre y babas se hacía larga, y aunque
la paciencia nunca había sido una de sus virtudes, a veces, esperar, era
divertido. Se sentía como esos paracaidistas formando figuras geométricas en el
aire, solo que su nuevo traje era un collage de piezas simbólicas de un cuerpo
descuartizado que tardaría cientos de vidas, quizá miles, en volver a hacerse humano.
En ese
estado sin estado, de continua transformación, el tiempo tenía sus propios
tiempos, y cada losa, a sus ojos, y su velocidad, cambiaba de tamaño, de
intensidad, de color, de presión. Caían a plomo en instantes superfluos, y los
grandes momentos sufrían de enanismo prematuro, dejando tan sólo una capa ridícula
de polvo en suspensión en lo que alguna vez fue su cabeza, ridícula también,
que con el siguiente soplo de aire, desaparecería sin rastro, ni secuelas, sin cicatrices;
unas motitas imperceptibles que apenas durarían un instante.
La
gravedad no era un problema, no había fuerza alguna que la arrastrara, que
tirara de ella, todo era una balsa multidimensional, sin olas, ni grumos,
tranquila, un puré suave, espeso, vulnerable al peso de los cuerpos, a las formas
humanas, y artificiales, a lo vivo, y a lo inerte, a lo mecánico. Era su propia
dimensión, el espacio que ocupaba, la que daba forma a todo lo que la rodeaba.
Una
mano intrépida y temblorosa, lanzada a mitad del viaje, a punto estuvo de
destruirla y hacerla opaca, antes de alcanzar su objetivo. Confiaba en que
todas las ventanas estuvieran cerradas por las bajas temperaturas, que la
ciudad se hubiera clausurado por la pereza del domingo por la tarde. La avenida
estaba desierta, apenas circulaban coches, los semáforos estaban congelados,
aunque de manera instintiva siguieran cambiando de color, sólo para una pareja
de transeúntes, unos amantes recién estrenados, que habían echado el freno al
borde de la calzada, para comerse el uno al otro con un beso virgen, y
atropellado, como la nieve, también virgen, que el agua acristalada empezaba a
formar.
Alicia
cayó, termino por caer, pero en el rostro de ella, la nueva, una piel joven, y
suave, pura, una piel. Se lamentó de su puntería, era lo más cerca que había estado
del aliento de Mateo en años, y justo en ese momento había decidido inclinar a
su nueva compañera en un quiebro de película en blanco y negro, que hizo que la
estudiada trayectoria de Alicia quedara en un plan frustrado una vez más. Al
posarse en la sonrosada mejilla de la joven, trató de resbalar por el lateral
de la nariz, hasta la comisura de los labios, y pasar al otro lado, mezclarse
en la saliva de lenguas torpes de primera cita. Pero la chica era demasiado
puritana, apenas abría la boca, daba besitos de ratón, sin mojarse, desperdiciando
los labios más perfectos, y apetecibles, que podría tener delante nunca, aunque
ese ‘nunca’ ya no fuera un concepto absoluto. Quién sabe si la niña acabaría
también de vida en vida en busca del cariño pendiente de la persona amada sin
poder alcanzarlo.
Alicia
murió, terminó por morir, deshecha, y seca, volatilizada, en el pliegue de una
arruga prematura que rodeaba la boca de su sustituta, a sólo unos milímetros de
la de Mateo. Y se vio esperando, esperando de nuevo su turno, en el siguiente ‘anillo
de la oruga que se come a sí misma’ —como llamaba ella a las largas colas del
SETE—, cavilando sobre el catálogo actualizado de formas, y configuraciones
humanas, y pseudohumanas, eligiendo la mejor apariencia, la más atractiva, y la
más práctica, que la condujera de nuevo a él.
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