martes, 8 de diciembre de 2015

El jardín de estaño


Húmeda, transparente, viva, resbaló por el grueso cristal de vaso de caña, hasta que fue a chocar con las sucias células epiteliales de los dedos de Juan. Antes de verse de nuevo a punto de morir barrida por la crueldad de la rígida servilleta de papel —límpido engaño de torero, sin muleta que ocultar— consiguió esquivarla, contorsionándose sobre sí misma en una encarnecida lucha gravitacional, librada justo en un surco de la comisura de los pelliceros labios del casero ocasional.

Interrogaciones ahorcadas en barras de metal, una tras otra, bien ordenadas. Una hilera de ejecuciones, rojo sintético, verde, gris, repartiendo los centímetros para respirar a distancias equilibradas, simétricas, o casi. Manos, manos, manos. Manos corruptas desordenando y aplastando prendas, un día más, un domingo más. Hacer, deshacer, montar, desmontar. Manos contaminadas contaminando su húmeda, transparente, y viva, vida. La de Juan, la suya, la de la recién nacida.

Odiaba mezclarse con saliva, más incluso que con migas de pan. Era desagradable hacerse gazpacho y cambiar bruscamente de estado, pero  que sus primeros recuerdos fueran los minutos previos, insignificantes, y mundanos, de otro, de cualquier tendero del rastro, de cualquier borracho, de cualquier turista, de quienquiera que pasara por allí a calmar su sed, le restaba sentido de importancia a su vida, no lo soportaba. No soportaba absorber, ni ser sorbida, pero así era su vida. Y su vida era importante. O eso le habían dicho. Alguien, no recordaba quién. Apenas tenía espacio para recuerdos. O tiempo, probablemente tiempo. Suponía que su almacenamiento debía compartimentarse en alguna forma de tiempo. ¿De qué espacio se iba a servir si una no era ni una ameba con al menos un núcleo, o simplemente ‘algo’ celular? En apenas unas décimas de segundo, hasta el mugroso y amarillo bayetazo final, una no era capaz de ordenar, de estructurar, de hacer biblioteca. Y, sin embargo, pensaba en la forma de guardar, de recordar, una y otra vez, con cada nueva caña, bien o mal tirada, lo poco que fuera aquello que quería proteger.

El mar de cabezas de gambas que le miraba desde el suelo, con su salvaje oleaje inerte, a ritmo de puntapiés, tan brillante, tan naranja, tan sangriento, tan salado, estuvo de embaucarla en atrayente desesperación de acantilado. Pero decidió intentar sobrevivir unos tragos más.

Agarrada a un feo y puntiagudo vello de lunar del brazo de Juan, se balanceó varias veces, apuntando muy dispuesta, y decidida, al gran plato de caracoles. Al menos ocuparía una casa. Siempre hay quien sale beneficiado en los desahucios. No era su culpa, era ley de vida, o no, puede que falta de ganas de sacrificio. Debía resistir, sólo un poco más, fuera como fuese, por ver, sólo por ver.

A la tercera columpiada salió lanzada, rápida, imperceptible, pero afilada, directamente a la barra de estaño. Se estampó deshaciéndose en aleación metálica, fría, plateada, aquella que acuna a los muertos, a los que no necesitan ser felices para vivir.


Divisó, ya con niebla en el local, verde picón, cartílagos, y entrañas de animales, como las que ella tuvo alguna vez. Le gustaba ser gota, gota de escarcha de bar, no de la acera, no de hoja, no de espejo retrovisor, no de alféizar de ventana: gota de escarcha de bar, húmeda, transparente, viva. Sin viento, ni mar, sin sólido, ni gas. Sólo el lejano murmullo de espuma de un grifo de cerveza a punto de reventar, y el ruido, mucho ruido, y la espera, la inmediata, las prisas, la calma, la de la tapa, la de la cuenta, la de descubrir el aspecto de su nuevo traje de agua, siempre diferente, con la siguiente tirada, en la barra de un bar, en la penumbra de un jardín de estaño. 






No hay comentarios:

Publicar un comentario